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vicenteperu

Ya hace algún tiempo que le dije a los chavales de grupo MÁS que en navidades me iba a América: a Perú y más concretamente a Arequipa. Yo soy un miembro importante del grupo y pensé que mi partida les iba a producir preocupación. Curiosamente su reacción fue una especie de alegría por mí, como si fuese un premio a mis actuaciones que a ellos les parecen buenas. Concretamente, David, con el que llevo unos diez años trabajando dijo: “Lo extraño es que no te hayas ido antes”. Algunas otras personas también me han dado la enhorabuena, como el que se va a casar o le suben de puesto en la empresa. Para ellos es como si me fuese de misionero, que es una cosa muy importante. Desde el punto de vista humano y sanitario, el cambio es a peor, y el motivo es estrictamente religioso, pero no creo que pueda entregarme allí más de lo que hacía aquí, así que no creo subir ningún escalón y como además no voy a la selva y allí no hay leones, no me considero misionero. Como ya hacía aquí todo lo que buenamente podía (con agujeros), allí no voy a poder dar más. Lo que pasa es que la labor que hacemos aquí, parece menos brillante que la que se hace en otros lugares lejanos.

También podría hacerse otra reflexión: si lo de irse allí es subir un escalón, lo deseable es subir luego otro escalón, el último que queda, que es el del martirio. A mí no me importa mucho el tema, pues se que en esos momentos Jesús apoya de forma extraordinaria, pero lo que sí quisiera es identificarme con Él de forma tal, que si me tocase ese trance desagradable lo superase echándome en sus brazos.

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