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vicenteperu

Hablando con todos

Hablando con todos

Les voy a contar lo que he hecho esta tarde de domingo hasta que me pongo a escribir. He llegado tarde a comer por estar echando una mano a un a migo en sus actividades. Hago alguna cosa y me pongo a leer. 

Desde que estoy jubilado he intentado aumentar el rato de lectura. En teoría ahora lo hago por la mañana y por la tarde. En este caso cogí la biblia. Y como es habitual en cuanto cojo un libro me entra la modorra. Es muy tiste pero es así. 

Me había llamado un chico para hablar con migo y habíamos quedado a las cuatro pero... Le llamo a su celular para recordárselo y suena algo raro. Poco antes de las cinco decido irme a rezar el rosario por la calle. Se tarda unos 20 minutos. No me gusta hacerlo solo y aviso a Manolo por si se quiere venir, pero no. Cuando voy a salir me encuentro a otro cruzado que viene de una actividad. Está “quemao”. Había organizado un retiro y le dicen tres que van a ir. Con él son cuatro. Reserva la casa y luego uno se da de baja y luego otro. Ya son dos. Menos mal que uno de los que no podían ir dice que si que va a participar el domingo por la mañana. Le reserva el almuerzo y demás, pero tampoco. Va a matar las penas tomándose una humilde taza de café y yo le saco unas galletas y le acompaño con otra taza y otras galletas para mí. Me cuenta cosas, y le cuento. Lloramos uno en el hombro del otro (Suso, si lees esto, ¿te acuerdas de eso de que la parte más importante del cuerpo humano es el hombro, porque el amigo puede llorar en él?) y salimos renovados con las pilas cargadas y dando saltitos de alegría por su excesiva potencia.

Me voy a la calle dispuesto a rezar pero he aquí que viene hacia la puerta un joven de unos treinta años que ya nos ha pedido ayuda económica otras veces. Le doy un poco de plata. Se que está huérfano y se siente un poco solo. Le pregunto a donde va a ir y me dice que a comer un poco, que todavía tiene el estómago vacío. Le digo si quiere que recemos dos misterios del rosario mientras ponemos rumbo a la casa de comidas. Él lleva uno en el cuello a manera de collar y se que estuvo probando en una orden religiosa. Le parece bien, me lo agradece y cuando acabamos el breve rezo le sigo acompañando hacia donde va a “comer”. Hablamos un poco de todo y queda muy agradecido. Si no fuera por el hambre, lo que más me agradece es la charla.

Al regresar a casa me encuentro con el guarda de la plazoleta done vivimos, que también tiene sus problemas y me quedo otros minutos.

Por fin entro por la puerta.

Siempre fui activo y como buen militante, superocupado y estas “pérdidas de tiempo” me ponen negro, pero ya se sabe: “la vida es para aprender a amar y a dejarse amar” así que sonrío y me tranquilizo. Además, como estoy jubilado y no trabajo...

Siempre dediqué una parte importante de mi tiempo a actividades de este tipo y siempre me pusieron nervioso y negro, pero son muy importantes. Es una bonita forma de ayudar a los demás. A mí me da un no se qué pues al final dices !En toda la tarde no he hecho nada¡ pero es lo que a Dios le gusta y al otro le viene muy bien.

En la foto, otros danzantes del corso arequipeño de la amistad con un típico traje de “tarta”.

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1 comentario

Ricardo -

Hola Vicente, Ya me encuentro en una latitud similar a la tuya. A ver si un ratito que te vea conectado puedo hablar contigo, aunque por ahora no he tenido ni tiempo. He vuelto a las épocas del instituto... en las que te mandaban tarea para casa jeje. Un fuerte abrazo
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