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vicenteperu

Visitando un asilo de la Madre Teresa de Calcuta en Lima - 2

Visitando un asilo de la Madre Teresa de Calcuta en Lima - 2

 

 En el artículo anterior les referí la mitad de mi visita al albergue de las ehermanas de la caridad de la Madre Teresa de Calcuta.

Ahora va la segunda parte

 Luego bajamos a la planta primera donde estaban los hombres, algunos simplemente ancianos desheredados de la vida y la mayoría en malas condiciones de salud física y mental. Estuve hablando con tres de ellos. En principio me topé con uno, que en pleno verano como estamos llevaba un gorrito de lana gruesa. Sentada frente a él una chica intentaba darle conversación. Le preguntaba su nombre, los años, de donde era,… pero con muy poca respuesta por su parte. Como yo soy un viejo lobo de mar, me acerqué y le pregunté de qué había trabajado cuando joven. Entonces cogió carrerilla y estuvo hablando y hablando. La verdad es que como tenía algo de demencia senil y la boca sin dientes, no le entendí mucho. Nos hablaba de cargar los camiones con una pala. Cuando se le fue acabando el rollo le pregunté su había viajado a trabajar muy lejos de Lima y él volvió a coger carrerilla y a contarnos cosas y cosas. Si hubiese sido mujer, deberíamos haberla preguntado por sus hijos o por algo de trapitos. Luego se fue a no se que cosa y yo me puse a hablar con otro que dijo ser abogado penalista y me contó algunas cosas. Ahora tenía párquinson avanzado y demencia. Luego le llamaron a cenar y yo me fui con otro.

Lo más curiosos es que dentro de la extrema pobreza, los que eran capaces de hacer algo lo hacían: servir las comidas, bendecir la mesa, vigilar un almacén, limpiar, etc., no estaban “aparcados”. Se parecía un poco a una colmena en la que cada abeja realiza su cometido sin importarle mucho lo que hagan las demás (no suelen tener necesidad de comunicación). Siempre tuvimos una total libertad de movimientos. Llegamos allí e hicimos lo que nos pareció más interesante. Nadie nos dijo hagan esto o lo otro. Supongo que si hubiésemos hecho tonterías, enseguida nos habrían llamado la atención.

También me sorprendieron los voluntarios. Había un montón. La mayoría jóvenes, seguramente de parroquias, que como nosotros habían ido un para de horas. Muchos de ellos repetían bastantes veces.

Además había otro tipo de voluntarios, los que estaban toda la tarde o toda la mañana o una parte importante del día y aún muchos días. Sobre todo mujeres. Algunas estaban jubiladas y pasaban allí muchas horas. Estos son los que hacían las partes más técnicas y más delicadas como lavar a las personas, acostarlos y cosas parecidas. Luego se iban a sus casas.

Por último estaban las monjitas, esas no se iban nunca a sus casas. Su casa era el albergue, al lado de las personas sufrientes y de Dios, su amado, por quien realizaban todo.

Nosotros estuvimos, lo vimos, dimos una pequeña ayuda y nos fuimos. Esperemos que no haya sido un turismo social o religioso, sino una aproximación a la caridad más profunda.

Dos notas más. Por aquí hay muchas religiones o sectas o lo que sean, pero en general se dedican muchísimo menos a la beneficencia que los católicos. Todavía no me sé por que y como seguramente es una razón peyorativa para ellos, no la escribiría aquí tan fácilmente.

El camino, para llegar y para salir fue emocionante. Pasamos bastantes cuadras por una especie de rastro madrileño de mediados de siglo, con el carro medio atascado en el centro de una calle ancha pero invadida de tiendecitas de mala muerte donde se compraban y vendían cosas de todo tipo, por ejemplo estábamos viendo como cambiaban celulares (evidentemente robados) por ropa. En medio de todo eso nuestra furgoneta con todas las ventanas subidas pues a veces, meten la mano por ellas y te quitan la gorra o las gafas y los seguros de las puertas echados avanzando al ritmo de los viandantes.

Allí en medio también estaban los voluntarios/as, algunos “patucos” y las hermanitas de la caridad.

No todos los que pululaban eran malos, ni la minoría, sino unos poquitos y entre medio muchos de todos los tipos y niños sonrientes y adultos trabajadores. Todos pobres y en medio de todo, Dios les ayuda a ser felices y dentro de poco llevará al cielo a muchísimos.

 

Ppr aquí estuvieron León Trujillo y el P. Santiago Manso. Este había inaugurado celebrar un vigilia de adoración los primeros viernes de mes. y ahí le vemos remantando una que tuvimos cuando pasó por Lima. También aparece un jóven que quiere ser sacerdote.

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