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vicenteperu

LOS TRES INDIGENTES A LOS QUE HE AYUDADO

 

En mi estancia en Perú he ayudado a tres indigentes. El primero fue David. Jóven de unos 30 años que aparentemente necesitaba comida y alguien con quien charlar y de hecho leía libros. De mente claramente católica, le ayudé mucho a salir del hoyo psicológico-económico. De este escribí por lo menos un a vez en el blog. Es cierto que vivía en la calle y que estaba deprimido, pero en cuanto a lo que dedicaba las ayudas me engañaba miserablemente. Yo me fiaba y no tenía el mínimo de sensatez, al no exigirle los recibos de las cosas que compraba. Al final le dije algo así como: Yo te aprecio, y tú me aprecias. Yo pido por ti y me gustaría que tú pidieses por mí y basta no más cosas contigo. Se fue, al mes volvió a venir a no sé qué, pero yo no estaba en casa y cuando volvió tenía puesto en la puerta un sobre con su nombre en el que le repetía la misma frase. Me contestó escribiendo algo en el mismo papel y se fue.

Hace una semana nos encontramos en la calle. Nos saludamos y me dijo que en la actualidad estaba trabajando. También estaba cantando en el coro de mi parroquia. Quedé en ir a verle el domingo siguiente, pero no fui. Practiqué lo habitual en estas tierras, decir si, si y luego no hacerlo. (Nota: he reflexionado y aunque aquí lo hace mucha gente, procuraré no volver a hacerlo, por respeto a los demás y por mí mismo).

Ayer sábado, cuando iba a salir de casa apareció de nuevo. Dijo que me había estado esperando el domingo que yo no fui. Quería hablar con migo cinco minutos, pero como empezó a salir la gente que yo tenía que llevar en la combi a un retiro, lo dejamos para la Misa de esta tarde a las 6:30 en la que va a cantar.

Lo de que me engañase, no me había asustado nada. Ya estuve en un círculo en Burgos donde nos explicaron cómo eran estas personas. Lo llevó un sacerdote amigo que se dedica a ellos y a los de la cárcel y de cuyo nombre no me acuerdo. Con un poco de teatro nos pidió que escribiésemos en un papel las cinco cosas más importantes en la vida para cada uno. Cada cual puso lo que quiso: Dios, la familia, los estudios… Así hasta cinco. Luego volvió al teatro y decir que aunque la elección iba a ser muy difícil, pero que tachásemos una de ellas para que quedasen las cuatro que realmente eran las más importantes. Todos lo pensamos en serio y tras dura reflexión tachamos una. Después tuvimos que tachar otra y luego otra, y por fin otra. Ya quedaba una sola, la importantísima. Y el del círculo nos dijo: Ahora tachen también esa. Eso es un indigente. Tienen hambre y frio y punto. Me pareció sorprendente, pero me aprendí la lección y por eso, al final del proceso, con David, cuando ya le dije que no, no me consideré defraudado. Era lo que se podía esperar, solo que le di demasiado margen de credibilidad.

En efectivo y en especie le di menos de lo que gano en 15 días, que en Perú es bastante pero para lo que gano, no me desangré. Procuré darle de lo mío, algo así como si fuese de la familia. Por ejemplo cuando tenía frio, no le di dinero para que se comprase una chompita (jersey), sino que le entregué  una mía, no la mejor pero sí  en uso y lo mismo en cosas parecidas. La verdad es que después de un cierto tiempo tuve que irme comprando de nuevo todo lo que le entregué, pues era algo que yo usaba y necesitaba. En fin, después de reiterados avisos de los de mi casa le dije lo indicado arriba.

Yo le aprecio y ahora que le he vuelto a ver, pienso ¿Qué me querrá decir? ¿Pensará darme las gracias por mi ayuda abundante o me volverá a pedir plata? Si es lo primero, no necesito agradecimientos y si es lo segundo, tampoco quiero, así que le he escrito una carta donde le repito lo de pensar bien del otro, rezar y nada más.  Además le incluyo un billete de los pequeños como signo de buena voluntad. Como tengo el corazón algo débil, cuando nos veamos no voy a llevar dinero encima por si acaso. Veremos lo que pasa.

Las peticiones de auxilio siempre son desesperadas. Son del tipo: me han contratado para el servicio de limpieza de un edificio y empiezo mañana pero me exigen que lleve uniforme, una camisa y pantalón color crema que cuesta 100 soles y si no los tengo, pierdo el trabajo. O cualquier otra cosa, siempre muy importante y perentoria.

Ya es lunes. Fui con mi sobre un poco antes de la Misa pero por no sé qué razones, el coro no cantaba y por tanto él no estaba. Me volví a casa y esperé. Seguramente aparecería por mi domicilio y efectivamente alas 10 de la noche llamaba al timbre. En vez de atenderle en directo, le hablé desde la ventana de mi habitación que está en la tercera planta encima de la puerta y le solté el rollo. Le dejé caer el sobre con el texto y la plata. Él no dijo nada, más que adiós y se fue.

Diré algo rápido de los otros dos.

El primero se llama Jesús. Ya le ayudaba otro compañero de la Milicia que se volvió a España. En principio es muy tímido, algo tartamudo con pocas habilidades para relaciones públicas y según parece huérfano.

Le compré caramelos para que los vendiese en los semáforos, como hacen otros. Luego un carrito de ambulante para que los vendiese más cómodamente. Todo eso lo hice en persona. Se llevó el carrito hasta no se qué barrio extremo y vendió CDs. Luego me fue pidiendo cosas para poder mejorar la venta: un reproductor para poder probar los CDs de música que vendía, un TV viejo para ver las películas. Ayuda para pagar una habitación alquilada que tuviese por lo menos agua y cosas de éstas. Por fin fui a ver donde tenía la habitación. Más de una hora de viaje con él al lado que hablaba algo y cabeceaba. Si que debió vender películas en algún tiempo; pero ahora, ni habitación, ni carrito de ventas, ni nada. Se acabó.

Este también volvió a verme un par de meses después del “descubrimiento del engaño” y por caridad le di una lata de leche condensada y al día siguiente volvió a pedirme y ya no le di nada. Si le doy, viene todos los días y empezamos la misma historia.

El tercero fue más breve pues las mentiras eran más gordas. Seguramente tenía sida en fase próxima a terminal, pero no quería vivir en ningún albergue, que los hay. Algunos prefieren vivir mal pero haciendo lo que les da la gana, a vivir en un albergue donde están regular, pero sin libertad. También volvió a los dos meses de “cortar” a pedirme ayuda para comprar el retroviral mensual para su sida y le dije que ya se había acabado la etapa de ayudarle.

¿Arrepentido? No. Nada.

Deberé ser más cauto, pero no arrepentido de ayudar y siempre que haces algo, te puedes equivocar. Yo, como tú que me estás leyendo, he ayudado muchas veces en la vida con un mayor acierto, pero eso se sabe a posteriori, no a priori y triste sería que se me cerrase el corazón por estos engaños. Jesús me ha perdonado a mí mucho. El que esté libre de pecado puede cerrarse y decir siempre que no, pero no seré yo el que lo haga (o por lo menos, no quisiera). Piden los que lo necesitan, por las circunstancias de la vida o por sus limitaciones y yo ya sé como son los indigentes por dentro. El problema es que aquí el dinero es común y cuando gasto, gasto del de todos y los otros no siempre piensan igual que yo.

 

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